viernes, 13 de abril de 2012

Valores Humanos: Una Receta Maravillosa.

Pocas cosas existen en la vida, especialmente en términos del hombre y su conducta individual y social, cuya evaluación pueda estar determinada por una fórmula específica y cuya solución dependa de la sencilla aplicación de una “receta”, cual la posología que emita un galeno.

Lo complejo del hombre y de su entorno social provoca que no sea nada fácil pensar, o incluso suponer, que existan remedios sencillos o “curas milagrosas” para las dificultades o problemas que lo aquejan. La idea de lo sencillo, de lo simple, ya no pertenece a esta época en que vivimos, la dificultad forma parte de una estructura mental que condiciona la forma de hacer y ver las cosas en este mundo que se afana de ser “moderno”.

En nuestra concepción contemporánea de las cosas, los problemas, los conflictos y las adversidades siempre son complejos y las explicaciones simples o soluciones sencillas siempre son “sospechosas”. El hombre moderno está programado para la dificultad desde su niñez, pues se le prepara para que enfrente un mundo despiadado, una vida dura y difícil. El niño entiende mucho de la dificultad antes de conocerla.

Sólo se le promete “sangre, sudor y lágrimas” al mejor estilo de un Winston Churchill que visualiza inminente dolor y destrucción para su pueblo.

Probablemente el error no provenga de presentar con cruda objetividad lo que es la vida o lo que puede llegar a ser, pero sí es una seria falta marginar de todo esto del significado de lo simple, de lo fácil, de lo sencillo. Hasta cierto punto es razonable plantearse con convicción que la vida es muy difícil, pero no es nada racional plantearse que por ende toda solución de la dificultad debe también ser difícil. Suponer que un problema difícil solo tiene una solución difícil es absurdo, ya que es precisamente eso lo que termina por programarse en la mente de la gente gracias a la proclama incansable de la dificultad.

Debemos comprender que la sencillez no solo existe, sino que también es el camino idóneo para la resolución de problemas, lo contrario es solo un afán de complicarse la vida de manera gratuita. También debemos entender y aprender que sí existen fórmulas específicas y “recetas” maravillosas para prevenir y para actuar sobre las adversidades. Incluso es sano suponer que los propios milagros existen porque el hombre mismo no es nada más que eso: un milagro.

Un ejemplo concreto de una fórmula específica que evita problemas
El hombre que no cae en un vicio o en la tentación de él (sea cual fuere éste) seguramente evita serias contrariedades en algún momento de su vida. Así de sencillo. ¿Alguien podría objetar este hecho? ¿Acaso no es una verdad que el hombre de conducta recta, por ejemplo, tiene menos probabilidades de enfrentar problemas que el hombre de vida desordenada y de conducta errática? O analicemos por un momento el caso de una “receta” maravillosa: “el fuego no se apaga con fuego”, es decir que la solución de un problema nunca se encuentra en la aplicación de medidas que sólo lo aviven.

Esta es una máxima, una “receta” de ésas que tanto molestan a ciertos intelectuales que viven de la complejidad. Lo simple no sólo existe sino que es muestra conmovedora de belleza y efectividad.
Entre las cosas más simples, más bellas y más efectivas que existen se encuentran los Valores Humanos, esos condicionamientos de actitud moral que se hallan arraigados en el espíritu del hombre. No hay ningún rastro de complejidad en los Valores que debe adoptar una persona como factor directriz de sus actos en la vida, no existe ningún doblez en ellos. La aplicación de Valores correctos previene la adversidad y constituye formula efectiva y receta maravillosa para resolverla.

Es muy probable que el único aspecto dramático relacionado a la sencillez de los Valores sea la propia determinación de éstos, porque es también el hombre quien en su libre albedrío los establece. El hombre mismo es quién puede equivocarse en la determinación de los Valores que dirigen su vida y allí, por supuesto, corre el riesgo de terminar mal.

Por fortuna, para esto también existe prevención, porque nos ha sido otorgada desde hace mucho tiempo la “receta” de Valores que no deja margen a la equivocación. Su ejercicio solo lleva a la confirmación que las dificultades de la vida se pueden evitar y se pueden enfrentar de manera simple y efectiva. Puede argumentarse, por supuesto, que la fijación de Valores responde a consideraciones de cultura, de ambiente, de tiempo, de dogma, de filosofía aplicada, de psicología social, etc.; pero ante esto también corresponde ser prácticos y sencillos, porque los Valores responden primeramente a una íntima consideración personal. Allí, en lo profundo del corazón y de la conciencia, un llamado a ciertos Valores Humanos alcanza una respuesta natural de nuestros espíritus. Si esto sucede, nuestro mismo ser reconoce la validez de los Valores que se le plantean y los adopta. Por otra parte si los Valores pueden demostrarse efectivos y suficientes en sí mismos, superan también cualquier prueba de admisión.

El conjunto de Valores Humanos descritos a continuación ha pasado todas las pruebas de la historia, todos los rigores del tiempo, todos los cambios de la humanidad. Y su contenido y su eficacia permanecen incólumes, su sabiduría poderosa, su poder inalterable. Sería absurdo ignorarlo por consideraciones de metodología intelectual.

Hace más de dos mil años, el apóstol Pedro, piedra angular de la futura iglesia cristiana, le planteaba a la humanidad esta “prescripción“ maravillosa de Valores:

1.- FE:
La caminata exitosa por la vida precisa primero Tener Fe. El hombre victorioso debe ser una persona que tenga CERTEZA de aquello que espera y CONVICCION por el resultado que aún no ve. Es absolutamente indispensable CREER más allá de las circunstancias, tener seguridad en el resultado que se espera. La vida otorga poco a los hombres de poca Fe.

Entre los resultados y los acontecimientos más inciertos la Fe del hombre en la tarea y en las posibilidades no debe menguar. Una proporción enorme de los fracasos se explican por abandono. El éxito no se alimenta del tiempo, el éxito vence al tiempo, lo domina. El éxito no es una carrera de velocidad, el éxito es una carrera de fondo. La capacidad de resistir las adversidades, la fortaleza para caminar en medio de ellas, absolutamente convencido de las posibilidades de victoria, sólo puede encontrarse en una inquebrantable Fe. Y la Fe no debe confundirse con esperanza, la Fe establece completa seguridad en el empeño. Tampoco debe confundirse con falta de flexibilidad o de sentido práctico. Estas últimas son actitudes que deben aplicarse en el camino, la Fe debe estar puesta en el objetivo, aquel que se encuentra al final del camino.

Este primer ingrediente de la receta es insustituible. La persona que no tiene Fe en sí misma, en lo que hace y en lo que puede conseguir, no superará las pruebas y la victoria le está absolutamente vedada.

2.- VIRTUD:
El camino correcto se encuentra añadiendo Virtud a la Fe. La Virtud es una cualidad personal buena y correcta, se demuestra con buena conducta y un comportamiento que se ajusta a las normas y leyes morales. El hombre debe ejercitar una acción virtuosa y un recto modo de proceder. Sin esto último la Fe no se consuma porque la vida solo presentará caminos tortuosos, llenos de obstáculos y contrariedades. Muchos hombres de Fe terminan por abandonarla ante la magnitud de los problemas que enfrentan, pero la Fe no puede evitar el surgimiento de problemas si el hombre que dice profesarla no es alguien que haga de lo virtuoso su código de conducta. Es cierto que el mundo no puede mostrarnos muchos hombres de Fe, pero aún muchos menos son aquellos que a ella le añaden Virtud. En esta última categoría seguramente ya no se inscriben los Hitler o los Stalin, personajes de actitudes mesiánicas que tuvieron Fe enorme en “su llamado” y en sí mismos pero que carecieron de Virtud.

3.- CONOCIMIENTO:
Las dificultades del camino se evitan añadiendo Conocimiento a la Virtud. Esta es la facultad de entender y juzgar las cosas. El Conocimiento es entendimiento e inteligencia. Aquí se premia el esfuerzo del hombre por aprender y saber, por experimentar y crecer. Cuando el conocimiento se suma a la Fe y a la Virtud emerge más allá de la erudición.

Resulta conmovedor apreciar cada momento cuántas personas fundamentan su recorrido por la vida y su búsqueda de éxito tan solo en su capacidad intelectual: ésta es una muestra dramática de pobreza, pero también es conmovedor ver a gente de Fe y de innegable Virtud sin fruto en su existencia por carecer de Conocimiento: ésta es otra forma de pobreza.

Por ello esta receta maravillosa añade Valores específicos unos a otros, porque solo en su combinación intrínseca y en su sinergia se alcanza el sentido y el beneficio.

Si el ser humano no es entendido de forma integral, en el sentido completo de su naturaleza, poco aprovecha el interés de conocerlo. El hombre es una criatura de complejidades fantásticas, no ocupa una sola dimensión. Aquellos apologistas del conocimiento, de la técnica y de la ciencia como elementos diferenciadores del bienestar presente y futuro de la humanidad, no están conceptualmente habilitados para entender al ser humano. Ellos padecen un complejo de inferioridad ante el pavoroso poder de los elementos y de los fenómenos que componen nuestro universo, y como el humilde hombre que hace un par de siglos sintió alivio enorme por su futuro al presenciar las primeras máquinas de vapor, ellos quieren sentirse más seguros apostando el porvenir de la especie al Conocimiento del hombre.

En realidad, el destino de la humanidad se encuentra en su capacidad de entender y aplicar los Valores que en privilegio absoluto sobre las otras especies le han sido otorgados.

4.- DOMINIO PROPIO:
La libertad en el camino procede de añadir al Conocimiento, el Dominio Propio. ¡Cuántas personas desconocen el éxito y la victoria porque no dominan el Dominio Propio! El Problema mayor del hombre lo constituye él mismo, la pelea principal se desarrolla en su interior. No tenemos enemigo más peligroso que nosotros mismos, no hay juez más inflexible ni verdugo más eficaz.

El Dominio Propio le exige al hombre capacidad de autogobernarse, de controlar sus emociones, sus miedos y sus angustias, con la serenidad de quien posee Fe en sus condiciones y en sus posibilidades, Virtud para sostenerlas y Conocimiento para llevarlas a buen fin.

El Dominio Propio es un estado indispensable para el ejercicio de la vida. El control de las emociones es un mecanismo de equilibrio vital para el carácter mismo que tiene la adversidad, pues ésta viene revestida de elementos de enorme intensidad. Cuando los problemas no son tratados con elevadas dosis de Dominio Propio, desaparece el equilibrio, se combate el fuego con fuego, se avivan las llamas, hasta el punto en que el fuego termina prevaleciendo.

Si el hombre no tiene capacidad de controlarse a sí mismo entonces no tiene capacidad de controlar sus problemas.

En la lid cotidiana contra los conflictos y las contrariedades la razón debe imponer sus buenos argumentos sobre el conjunto de emociones. Sin ello no existe posibilidad de victoria. La convocatoria se dirige a la razón precisamente porque la lid misma está plagada de emociones. Y si bien el objetivo no es eliminar las emociones o desconocerlas, resulta imperioso impedir que ellas dominen las circunstancias. Los conflictos que enfrentamos en la vida están llenos de emociones, ellas están allí porque responden a un llamado natural. Las emociones se filtran por todas partes, por cada resquicio y cada momento que establece la adversidad, no desaparecen por absurdo esfuerzo que se imprima en la tarea, permanecen impasibles en tanto el ser humano protagoniza la obra. Porque las emociones son en última instancia el combustible mismo del hombre, el alimento del alma y su fuerza motriz.

El objetivo es alcanzar Control. Las emociones deben controlarse; es necesario equilibrar su impulso con una fuerza contraria que modere sus efectos y encauce sus energías. Esta fuerza opuesta es la razón.
La razón viene acompañada con un vasto instrumental de lógica, sentido común, principio, urgencia, conveniencia, convicción. Y todo ello se antepone a la emoción desbocada en forma de un pensamiento claro, de un argumento.

El deseo mismo de hacer prevalecer la razón ante la adversidad se convierte luego en una emoción que sostiene el proceso, construyendo con ello un cauce útil y beneficioso para el desenvolvimiento de las energías. Napoleón confesaba que el momento de sus aprontes militares se hundía en agitación penosa, parecía una joven que da a luz, pero ello no le privaba de mostrarse sereno ante la gente que lo rodeaba, y cuando tomaba una decisión todo quedaba en el olvido, menos lo que era necesario para alcanzar la victoria. Esto es exactamente Dominio Propio: sentir ardientemente las emociones, allí en lo profundo de lo que uno es y tener sin embargo la capacidad de mantenerse impasible ante los demás a pesar del fuego interior que uno sienta, y el momento de actuar olvidarlo todo, menos el pensamiento claro y el argumento que conduce a los objetivos. De esta forma el ser humano trabaja como esas máquinas de vapor que alcanzan ebullición interna y canalizan ésa enorme energía a un punto preciso, uno que genera un movimiento vital, gigante, poderoso. En el hombre la ebullición se consigue por medio de las emociones, pero el control permite que esa fuerza se dirija a un punto preciso y desde allí mueva la maquinaria que el pensamiento ha creado para actuar en función de los objetivos.

Si este “vapor interno” no es controlado, entonces sale por cualquier lado, no mueve nada en particular, puede quemar a todos alrededor y termina por encontrar víctima en su propio creador.

5.- PACIENCIA:
Los frutos que depara la caminata se alcanzan añadiendo al Dominio Propio, Paciencia. La mejor definición que existe para Paciencia es “tranquilidad para esperar”.  ¿Hay muchas cosas más difíciles que ésta? Una cosa es por supuesto, esperar, pero una muy diferente es hacerlo con tranquilidad. Esto último es solo posible en la serenidad de espíritu que otorga la Fe, la seguridad de estar haciendo lo correcto, la confianza de saber lo que se está haciendo y el sosiego que otorga un sano control de las emociones.
La Paciencia es probablemente uno de los Valores que se encuentra en mayor riesgo de extinción en los tiempos actuales. Hoy nos preciamos de hacer gala de la premura, del sentido práctico, de la agilidad. Los niños se forman en una cultura que ensalza el “facilismo” y lo antepone a la sabiduría de lo simple y lo sencillo. La dinámica del entorno gobernada por una vorágine de acontecimientos que se desenvuelven a la velocidad de la luz, nos ha convertido en seres “reactivos” que ya tienen poca posibilidad de hacer prevalecer sus propios tiempos. Mafalda, ése hermoso personaje del dibujo pedía que “paren el mundo porque me quiero bajar…” Imaginemos entonces condiciones más desfavorables para apelar a la Paciencia.

Es precisamente la “enfermedad” la que la da valor al remedio, porque por otra parte es probable que nunca antes en la historia del hombre la Paciencia haya constituido una solución más eficaz para enfrentar el conflicto y la adversidad. Hoy nos encontramos ante el dilema de hacernos dominar por la vorágine o eludirla y marcar nuestra propia agenda. No debemos olvidar nunca que el fuego no se combate con fuego, la regla de imponer los opuestos neutraliza la adversidad.

El hombre que ejercita estos Valores es un hombre seguro de sí mismo, no es un hijo de las circunstancias, sabe qué esperar y puede hacerlo con la tranquilidad de quien tiene la certeza que a la penumbra de la noche SIEMPRE le sigue la luz del nuevo día. Un hombre seguro es un hombre tranquilo; un hombre tranquilo encuentra paz en la espera.

6.- PIEDAD:
La compañía en el camino se consigue añadiendo a la Paciencia, Piedad. Este valor y el que le sigue, establecen el carácter social que tiene el hombre. La Piedad está inspirada en la consideración a los demás y manifestada en actos de abnegación y compasión. La Piedad es el marco grande que soporta la empatía.
A veces, sin embargo, resulta mucho más apropiado entender este Valor como aquel que determina la necesidad de Dar.

En tanto que el hombre no está concebido como una criatura que se complete en soledad, su relacionamiento con los demás debe estar condicionado por la máxima de Dar aquello que se quiere recibir. De sembrar en los demás lo que de ellos se quiere cosechar. De invertir en los otros lo que deseamos para nosotros. Esta regla que puede llegar a tener dimensiones matemáticas frecuentemente es subestimada e incluso tratada con desprecio. Su sentido vital ha sido reemplazado por una compleja red de relaciones humanas que se fundamenta en el interés individual y el egoísmo.

La persona de visión, el hombre grande, entiende que las fronteras del “yo” son muy estrechas y la perspectiva de vivir entre ellas no es muy diferente a la que tiene un roedor en su madriguera. El hombre que posee un espíritu de trascendencia sabe que las grandes planicies de tierra prometida se encuentran mucho más allá del “yo”, en el mundo ancho y ajeno que habitan los demás. Hacia allá tiende líneas y puentes, invirtiendo en ellos lo que de ellos quiere recibir. Esta lógica de considerar necesarios a los demás obliga también a sentirse necesario para los demás, allí se vuelven importantes los actos de abnegación y compasión.

Sorprende que una lógica tan simple sea comprendida por muy pocos; incluso es probable que esta lógica sea precisamente la víctima más ilustre del paradigma de complejidad en el que hoy vivimos. Ocuparnos de los demás es ocuparnos de nosotros mismos; cuidar de los otros es cuidar de nosotros. El hombre solo es un ser limitado y carente, el hombre de inteligencia superior se sirve de los demás “sirviendo” y así alcanza objetivos mayores.

7.- AFECTO FRATERNAL:
Las vicisitudes y las alegrías del camino se comparten añadiendo a la Piedad, Afecto Fraternal. La forma de relacionarnos con los demás debe manifestarse a través del Afecto Fraternal, este es el Valor sugerido para la socialización del hombre. El afecto está desprovisto de apasionamientos, se traduce en un cariño calmo y una benigna simpatía hacia los demás. En la vida somos todos compañeros de viaje, compartimos las penas y las alegrías de la travesía, buscamos cumplir un destino. Básicamente nos queda elegir si la travesía la efectuamos en paz con los demás o sin ella.

8.- AMOR:
Para alcanzar el final del camino debe añadirse al Afecto Fraternal, Amor. Los Valores se resumen aquí de manera grandiosa. La demanda de añadirle Amor a la receta no es un postulado poético, es una reflexión de fondo. En realidad el Amor es el dínamo que genera toda la energía que se precisa para vivir: amor por uno mismo, amor por lo que se hace, amor por los demás, amor por lo que se tiene, por lo que se quiere tener…

Sin Amor el tránsito por la vida pierde motor, y lo único que conduce al hombre por sus derroteros es la inercia, ésta última termina en algún momento y se produce la parálisis. La gente que transita la vida sin rumbo es gente que ha perdido Amor. Estas personas son sombras que oscurecen todo a su alrededor y tienen pocas oportunidades de culminar satisfactoriamente el viaje, no digamos con algún atisbo de éxito. Sin Amor no existe Fe, virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad o afecto fraternal; sin Amor el ser humano tiene poco valor.

Es tan dramático este hecho que afortunadamente se presenta pocas veces. La mayor proporción de la gente que puede considerarse “con vida” profesa Amor por algo, aún cuando ello se encuentre en lo profundo de sus tribulaciones.

Las situaciones más habituales se remiten al Amor mal entendido; aquí es donde el hombre se vuelve un ser carente, porque calcula sentir Amor pero en realidad no entiende lo que esto significa y en este proceso pierde, aún cuando quiere ganar.

Cuando se vive y se hacen las cosas por Amor los resultados están garantizados, el ser entero se dinamiza y produce una energía de prodigiosos alcances. Los resultados parciales, los procesos incompletos, las victorias o las derrotas “relativas”, tienen origen en el entendimiento equivocado del Amor.

Porque el Amor no se perfecciona en las palabras, el Amor no es porque digamos que lo sea o porque así lo entiende nuestro ego. El Amor está muy lejos de las pasiones o de las posiciones simples y cómodas, el Amor no es reflexivo, actúa, el Amor no se cobija en dichos, gestos o impulsos. Probablemente la actitud más soberbia que practica el hombre esté relacionada con su manifestación equivocada del Amor.

Liderazgo. Poder de la influencia y cualidades del líder

En este artículo voy a compartir contigo la influencia que ejerce un líder en su equipo de trabajo y la importancia de desarrollar las cualidades que caracterizan a un líder.
Primero definiremos ¿qué es ser un líder? Ser un líder es tener seguidores, nada más, el liderazgo es influencia, así lo define John C. Maxwell, en su libro Mentor 101.
¿Por qué influencia? Según los sicólogos el individuo más introvertido influirá en diez mil personas durante toda su vida. Cada uno de nosotros influye y recibe influencia de otros, en cualquier situación dada o con cualquier grupo dado hay una persona que ejerce una influencia prominente, por ejemplo, usted será influenciado dentro de su compañía o empresa y su equipo de trabajo y a su vez usted influirá en otros, ya sea en su equipo de trabajo, en su casa o sus amistades.
En los negocios, como en la vida la gente es su activo más importante y la influencia que usted ejerce sobre esas personas.
Un ejemplo sencillo de influencia es cuando una pareja va un restaurante a almorzar, ambos recibirán la influencia de la mesera que les sugiere la especialidad de la casa, esto es un ejemplo de que a diario estamos siendo influenciados por otros.
¿Cómo puedo identificar al líder? Es fácil identificar el líder prominente de cualquier grupo, sólo tiene que observar a la gente cuando se reúne, las siguientes preguntas le ayudarán a reconocer el líder de cualquier grupo y a evaluarse usted mismo ¿Cuál es la persona cuya opinión parece de mayor valor? ¿A quién observan más cuando se discute un asunto? ¿Con quién se ponen de acuerdo más rápido? Y lo que es más importante ¿A quién sigue la gente?
Debes tener presente que el liderazgo se puede enseñar, las características personales que constituyen la materia prima de liderazgo pueden adquirirse y si las une con el deseo ardiente de ser un gran Líder en tú negocio o empresa nada te impedirá llegar a serlo.
También existe el verdadero Líder nato, pero para permanecer en la cúspide debe desarrollar las características propias del liderato.
En la industria de los negocios es indispensable capacitarse, desarrollarse y ser un buen Líder, de eso va a depender el éxito en el negocio que elijas, ¿porqué esto es así?, porque el alma de un negocio es construir y desarrollar relaciones duraderas con las personas, de influenciar positivamente en otras personas, que la gente te siga y que la gente aprenda de tu sistema.
El verdadero liderazgo consiste en ser la persona a quién otros seguirán gustosa y confiadamente, así lo expresa John Maxwell en su libro Mentor 101. Una de las razones por la cual me encanta la industria de los negocios independientes es que te permite desarrollar ese líder que hay en ti y te capacitan para que seas un buen líder.
Analiza algunas de las diferentes características que existen en llegar a ser un buen líder en tú negocio o industria independiente y en tener un jefe en un empleo tradicional:
• El jefe maneja a sus empleados. El líder los capacita
• El jefe depende de la autoridad. El líder, de la buena voluntad
• El jefe inspira temor. El líder inspira entusiasmo
• El jefe dice YO. El líder dice, Nosotros
• El jefe arregla la culpa por el fracaso. El líder arregla el fracaso
• El jefe sabe cómo se hace. El líder enseña cómo se hace
• El jefe dice: Vayan. El líder dice: ¡Vamos!
Aún hay más, es un tema muy extenso, en el próximo artículo hablaré de los diferentes niveles de liderazgo para que puedas identificar en cuál nivel te encuentras y hacer los ajustes necesarios.

¿Sabías que la palabra "vender" en el pasado, etimológicamente, significaba "dar" o "servir"?

Sí, así es. Cuando se hace correctamente, desde el corazón, vender es servir. Y sólo se convierte en un auténtico y genuino servicio si permites que los demás obtengan exactamente lo que desean y necesitan.

Y aquí entra una consideración. ¿Quién decide o dice que los demás necesitan lo que tu das?
Bueno, las personas toman sus propias decisiones. Y como un manifestador o comunicador efectivo que buscas ser, es tu trabajo informarles de todos los hechos (no mentiras) pero en una manera en que les atraiga comprarte. Sin importar lo que trates de lograr…

Vender es servir.
 Si quieres evitar que tus hijos entren en le mundo de las drogas, más vale que te conviertas en un gran vendedor, por lo menos mejor que el vendedor de drogas de la esquina.

Si tienes una relación sentimental y deseas que sea duradera, más te vale que tengas una visión de cómo quieres que sean las cosas y más vale que seas capaz de transmitírsela con inspiración a tu pareja, de tal forma que sea capaz de comprenderla, apreciarla y desearla también.

Lo que sea que quieres dar o ser en este mundo, para lograrlo eficazmente, hacerlo muy bien en general no es suficiente. Necesitas desarrollar una manera atractiva y efectiva de comunicar tus productos a los demás.

Vender es servir…
 Y cualquier que no sea darle a los demás todos los hechos en una forma que ellos encuentren atractiva, que los haga sentir bien… Bueno, eso no es servir.

Piensa en ello
 Vender, entonces, no es solamente acerca de servir a las personas, es acerca de comunicarse con efectividad y precisión, en una forma en que todos ganan.

No compitamos, mejor cooperemos

Si queremos vivir en felicidad y tranquilidad, tenemos que llevarnos bien con las personas que convivimos, especialmente si es nuestra pareja.

A veces encontramos problemas en todos lados, y sentimos que volver a casa es llegar al campo de batalla, lugar de recriminarnos mutuamente como si compitiésemos por ver quien tiene más razón.
Si queremos llevarnos bien, busquemos ser comunicativas y cooperativas. No prestemos atención a comentarios malintencionados y dejemos que la luz de nuestras bondad y buen proceder alumbre el camino a seguir.

Los seres humanos estamos inmersos en una red de juegos sociales creados por otros seres humanos. No conocemos sus caras o nombres; a veces y de vez en tanto aparecen algunos, esos dueños de las leyes del mercado, del proceder correcto, de los que crean la mirada de una sociedad; en la mayoría de los casos obedecemos verdades sin cuestionar ni su origen ni su practicidad.
Crecemos y nos relacionamos, nos lanzamos a la búsqueda de la pareja, el compañero leal, amoroso, ese hombre con el que podamos sentir una comunión íntima y personal; mucho más que el sexo, o las palabras bonitas.

Pero cuando lo conocemos, justo cuando nos atrevemos a correr el riesgo de exponernos, de dejar a un paso la hojalata de nuestras defensas, e intentamos que nuestros mundos convivan, muchas veces nos corremos del contexto adecuado:

Los problemas cotidianos, el dinero que no alcanza, los niños que se portan mal, o las dificultades para alcanzar las metas, los sueños personales; la sensación de “ser incomprendidas”, nos maneja día a día, y en repetidas ocasiones no advertimos lo que se presenta frente a nuestros ojos.
Creamos nuestros propios conflictos:
Llegamos a la casa y en lugar de relajarnos y disfrutar de quienes somos con el otro; creemos descubrir que el campo de batalla está ahí, en la sala o comedor de nuestro hogar; y el enemigo es la pareja.

Y entramos en una competencia absurda, buscándonos más problemas de los que ya tenemos, o veces creo que sería mucho más simple si existiera un termómetro del estrés, para saber quién o qué tiene la razón.
Todo se transforma en una proyección de las frustraciones internas,buscamos enjuiciar, inculpar, a los demás de la infelicidad que sentimos. Los silencios mortuorios o los golpes de puerta furiosos que dan por finalizada una conversación, son las habituales guerras que no recompensan a nadie. Aunque en el inconsciente de la pareja que ninguno haya ganado es un triunfo.
Ahora me pregunto, ¿para qué? ¿Para qué pretendemos ganarle al otro? ¿Qué es lo que queremos ganarles? ¿Por qué es tan importante tener la razón en algo? ¿Qué hacemos con la razón? ¿Qué es tener la razón? ¿Nos enriquece? ¿Nos hace crecer como personas?

Perder-perder no es ninguna fórmula exitosa para la vida; debemos aprender a cambiar la óptica y a vivirnos en el contexto cooperativo. Reivindicando el bien por el bien mismo y no por la conveniencia; dar nuestro cien por ciento el cien por ciento de las veces; independientemente de cómo el otro sea; dejar de ser espejitos; “si me habla bonito, respondo bonito”, “ si me ignora, lo ignoro”, “ si no es romántico, no soy romántica”; ese juego según las conveniencia no nos vuelve auténticas.

Si tu pareja te ignora, pues confróntalo, pregúntale que sucede. Ser cooperativo es darle al otro lo que necesita, para poder actuar así, hay que fomentar la comunicación.

La cooperación es un valor fundamental, implica sacar la cabeza del ombligo y construir de la mano con otros. Es resaltar el amor como un conjunto, más que como un binomio. Y entonces cada día poder descubrir en el corazón, que el amor es lo más fuerte.

Conócete a Ti Mismo

Este conocimiento riguroso de sí misma -ineludible para la empresa- no resulta, empero, fácil de alcanzar. Hay muy diversos puntos de vista al respecto dentro de cada organización, y la síntesis es difícil; a menudo, todo se reduce a los indicadores económicos: todo va bien, si las cifras van bien.

Las cifras son, incuestionablemente, importantes, fundamentales, y aun vitales, en la andadura de la empresa. Vaya por delante la perogrullada. Constituyen la inquietud cotidiana de la Alta Dirección y, en buena medida, una inquietud de todos los mandos y empleados. Vienen a ser el “hard” en la gestión de la empresa. Cuando las cifras van mal, no siempre hay suficiente serenidad para abordar el “soft” (visión de futuro, mejora de procesos, trabajo en equipo, comunicación interna, desarrollo y satisfacción profesional de los empleados, empowerment…).

Pero cuando las cifras están mejorando o van bien, podemos caer en la tentación de bajar la guardia. Aunque estemos haciendo las cosas razonablemente bien y obteniendo buenos resultados, es quizá más inexcusable entonces que aprovechemos la coyuntura para estirar los músculos de la organización, dotarla de mayor agilidad y eficiencia, curar y prevenir sus posibles enfermedades y, en definitiva, anticiparnos al futuro, que cada vez es más opaco y obliga a más y más cambios. En todo esto hay más que palabras: hay significado.

No se trata sólo de que las empresas se autoevalúen periódicamente conforme a los postulados emergentes de los modelos de excelencia empresarial; esto es, sin duda, saludable, pero se corre el riesgo, entre otros, de dejarlo todo nuevamente en números. El conocimiento a fondo que nos parece recomendable parecería, en sí mismo, un fin; pero es, sobre todo, un medio, que apunta a que las empresas definan con rigor su presencia en el mercado; a que posean una suficiente conciencia de su realidad, es decir, de su posición, de su potencialidad, de sus recursos, de la viabilidad de sus propósitos… Hasta cierto tamaño de las empresas, muchos directivos tienen una idea suficiente de las fortalezas y debilidades de su empresa, sin embargo, algunos de ellos confiesan no tenerlas siempre presentes.
En las empresas grandes, el conocimiento que de las mismas puede alcanzar el personal directivo está, lógicamente, limitado en profundidad. La Alta Dirección recibe la información que le transmiten los directivos del siguiente nivel jerárquico, atentos siempre a mostrar la eficiencia y contribución de sus departamentos. Pero a la hora de acometer mejoras y cambios, es preciso saber -entre otras cosas y con suficiente detalle- de dónde se parte y qué dificultades se van a encontrar. (Y adónde se quiere llegar).

¿Cómo somos?
¿De qué somos capaces con nuestros propios medios? ¿Y con ayuda exterior? ¿Qué piensan de nosotros nuestros clientes? ¿Y qué es lo que nos dicen? ¿Qué entendemos por “calidad”? ¿Qué valores y cualidades se fomentan en los directivos? ¿Y en los trabajadores? ¿Qué porcentaje de horas de nuestros empleados se dedica a repetir cosas mal hechas por sí mismos o por otros? ¿Qué actividades o intermediaciones son prescindibles? ¿Qué tareas cruciales se hacen sin el debido rigor? ¿Cuántas intermisiones padecen las tareas que requieren concentración? ¿En qué medida se aprovechan las capacidades o habilidades de las personas? ¿Qué porcentaje se obtiene de pedidos sobre ofertas? ¿Dónde están las claves para la mejora?
Prosigamos: ¿Qué porcentaje de decisiones se toman por cansancio o se dejan sin tomar? ¿Cuántos problemas de gestión resultan inextricables? ¿Es verdad aquí eso de que el estrés produce estulticia? ¿Cómo se ejerce la autoridad? ¿Se practica la autocrítica institucional? ¿Qué futuro tiene un empleado crítico? ¿Quiénes son, de verdad, nuestros competidores? ¿Qué nos mueve más: el trabajo bien hecho, o quedar bien con el jefe? ¿Por qué nos eligen nuestros clientes? ¿Aprendemos de nuestras experiencias? ¿Tenemos buenas bases de datos? ¿Fluye bien la información? Otro descanso.

Continuemos: ¿Cómo está el patio (clima laboral)? ¿Cómo son nuestras relaciones con proveedores? ¿Cómo llegan los virus a la red local? ¿Por qué se compran bolígrafos que no escriben, aunque cuesten dos pesetas menos? ¿Por qué tenemos tantas reuniones? ¿Por qué se diluyen las responsabilidades y nadie es culpable de nada? ¿Qué es lo que más cunde al trabajador: la sumisión o la lealtad? ¿Se practica bien el feedback? ¿Se practica bien el stroking? ¿El mentoring? ¿El benchmarking? ¿El coaching?
Pero seguir, podríamos seguir: ¿Hay panfilismo, pusilanimidad, inmovilismo, lentitud, o alguna otra enfermedad clásica de las organizaciones? ¿Hay contradicciones culturales? ¿Cómo andamos de pecados capitales y virtudes cardinales? ¿Cómo se llega a jefe en esta empresa? ¿Funciona mucho lo de los amiguitos, para sortear los formalismos procedimentales? ¿Para qué sirven los planes de comunicación interna? ¿Quién lee el boletín corporativo? ¿Quiénes son las queen bees?… ¿Tienen, en general, los directivos y mandos respuestas para todas estas preguntas y para algunas otras más profundas que no se nos han ocurrido aquí?

¿Y?
Caso de contar con las respuestas, no es siempre sencillo traducirlas en conclusiones acertadas, orientadas a la mejora de la productividad y la competitividad. Porque de esto se trata: de mejorar la productividad y la competitividad, atendiendo al mismo tiempo a la satisfacción profesional de las personas y disponiendo una organización ágil, versátil, flexible y armónica. Que cada uno sepa siempre quién es quién, sepa qué tiene que conseguir, y sepa qué tiene que hacer para conseguirlo: aunque las respuestas cambien periódicamente, en función de las coyunturas.

Hay ya varias empresas de consultoría empresarial que incluyen entre sus servicios, diagnósticos de diversa taxonomía y alcance. Así como los estudios de clima laboral (más frecuentes al principio de la década) se encargaban a consultoras especializadas, los diagnósticos de excelencia pueden resultar más rigurosos si se encargan a especialistas capaces de identificar o definir, además, los focos de mejora, la secuencia del plan correspondiente, los cuidados especiales a observar, las realimentaciones posibles, los indicadores de progreso… Pero, con o sin ayuda externa, cada organización debe conocerse a sí misma; saber dónde se encuentra y adónde quiere llegar.

Cuando el diagnóstico de una organización en crisis resulta sencillo de hacer (porque los problemas son bien visibles), la solución suele ser entonces complicada de aplicar. Pero si se controla regularmente la salud de la organización, las aconsejables medidas correctoras o preventivas resultan más fácilmente aplicables. A menudo, al hablar de cambios en las empresas, se insiste en que para construir, hay antes que destruir.

Sí parece que hay, desde luego, que agitar las organizaciones, para deshacer vínculos viciados y neutralizar resistencias; pero se debe hacer ambas cosas -destruir y construir- con la cautela y mesura debidas: no siempre se han producido los cambios en la dirección deseada. Hay casos en que algunas decisiones de reducción de costes, por ejemplo, se toman de manera apresurada y acaban generando posteriores incrementos de los mismos, o deterioros sensibles en la imagen de la compañía.
Conclusión
Los directivos suelen poner gran énfasis en la definición de su estrategia y lo suelen hacer a satisfacción de todos los agentes: accionistas, clientes, empleados… Pero no siempre se acierta con la táctica, y cuando, en algunas ocasiones, se cometen grandes o pequeños errores cotidianos, éstos suelen tener bastante que ver con insuficiencias en el conocimiento de la organización, por parte de quienes toman las decisiones. Atendamos al mandato délfico: conozcámonos mejor como individuos y como colectivo organizado.

Placer mental o no

Lo que buscamos determina lo que encontramos. Así como en la infancia nos movemos impacientes por la curiosidad que nos lleva a disfrutar e ir adquiriendo nuevas habilidades y conocimientos, una vez que llegamos a la edad adulta, es como si la diversión por descubrir nuevas cosas se marchitara.

En la edad adulta ya se nos ha enseñado qué debemos pensar y cómo tenemos que hacerlo, de tal modo que aunque nos consideremos totalmente independientes no es del todo así. Nos acomodamos con esas ideas o pensamientos y preferimos quedarnos estancados en eso que confundirnos con nuevas aportaciones.

Es por eso que una de las tareas pendientes que tenemos es aquella que nos permita mantenernos alerta para usar nuestra mente de una forma capaz de generar placer en nuestra vida.
Las formas en las que le podemos dar placer a nuestra mente son innumerables: aprender nuevas habilidades, leer, gozar de un concierto, etc.

Relacionado con todo esto está nuestra capacidad para tener pensamientos agradables que nos faciliten el acceso a la felicidad. De hecho es más importante la forma en la que nos decimos las cosas que nos ocurren que las cosas que nos ocurren en si mismas.
Lo primordial es la forma en la que nos explicamos a nosotros mismos lo que ha sucedido, y cómo creemos que nos va a afectar eso en el futuro. Por poner un simple ejemplo: una persona pesimista ante una situación dolorosa va a generalizarlo y pensar que va a ser algo permanente, mientras que una persona optimista lo verá como al temporal y limitado en sus consecuencias.

El disfrute o sufrimiento tanto mental como físico, en gran medida está en nuestras manos. El diálogo interno que tenemos a lo largo del día es increíble y en gran parte es el causante de nuestro estado positivo o negativo.

Este diálogo interno muchas veces ni siquiera lo exteriorizamos en voz alta o en un diario, por lo que ni siquiera examinamos lo que nos decimos internamente. Además son tantas las voces que escuchamos en nuestro interior que es complicado tener conciencia de todas ellas.

En un momento o con un tema concreto puede ganar aquella voz más rebelde o miedosa, y en otro momento puede hacerlo aquella que busca el riesgo o la guasa.

Este tipo de diálogo interno, tanto si es consciente como inconsciente, determina nuestro grado de estrés, angustia, placer o felicidad. Si pensamos negativamente nos angustiaremos y nos obsesionaremos con ese tipo de pensamientos. Si por el contrario pensamos positivamente, haremos que nos sirva como impulsor. Que seamos más fructíferos e interesantes.
Recuerda que pensar en realidad es ensayar la acción.